Cristal o piedra. Parte I: El despertar del caballero.

En cada puerta había un nombre, enmarcado en oro, como "camerinos" para los campeones de la Liga de las Leyendas. Ese humilde reconocimiento de formar parte de los mejores guerreros de Runaterra era un distintivo de honor, mas la Liga había caído. A modo de libro de visitas, cada puerta de madera tenía tallados comentarios del campeón como pintadas en los lavabos de un antro de mala muerte. El mantenimiento de los invocadores cesó, por lo que los signos aumentaron y aumentaron. Ya no solo los escribían otros campeones, había además grafittis de vándalos con insultos hacía los campeones, a cada cuál más ofensivo. "Peste negra" le escribían a Teemo, cientos de "Aborto pecaminoso" había escritos para Sion y algún que otro "Idiota" para Mundo, por poner algunos ejemplos. La envidia o quizá la ira ciega de los mediocres les empujaba a soltar obscenidades sobre aquellos que los entretenían y podrían acabar con ellos pero que, no lo hacían por juramento. Y de entre todas las puertas, la del caballero gema se llevaba la palma. Era un arcoiris de insultos y difamaciones ¿Su error? Ser él. Puede que fuera un campeón en Valoran, pero esa no era ni sería nunca su tierra. A los ojos de muchos de los habitantes de esos lares él era solo "El extranjero", "El afeminado de las gemas", un hombre en el punto de mira de inservibles existencias ¿Sexismo? ¿Racismo? Palabras que no  existían aún en aquel mundo, al que él no pertenecía. Lejos de su tierra, su gente, sus costumbres y su padre al que quiso tanto, Taric no tenía nada excepto sus gemas y el coraje. El joven caballero se incorporó, desperezándose con un sonoro bostezo, inmerso de buena mañana en sus pensamientos. Dejó la cama, aún desnudo y se fue a limpiar su armadura. El trapo ya seco en la ventana cubrió el acero y las azules gemas, dejándolas libres de toda mácula ocasionada en los campos de la justicia. Frotó y frotó hasta quedar reflejado en aquel brillo zafíreo que emitían las "piedras bonitas" de su armadura. Tras tanto tiempo de lucha, no había reparado en observar detenidamente su rostro, como si fuera la primera vez que lo viera. Los suaves y algo rojizos pómulos, los labios carnosos de su diminuta boca, su perfilada nariz femenina y sus ojos azules, posiblemente lo único que le gustaba de él, y es que una profunda mirada de aquellos ojos era como leer un libro abierto que te desborda, pues no había un ápice de maldad en él, no podía mentir, con esos ojos, a nadie. A nadie excepto a él mismo. Su pelo despeinado caía sobre uno de sus hombros como una serpiente castaña, pero con la delicadez con la que la seda cae en un vestido hecho por manos expertas. Curioso de él mismo, se levantó y se miró en el espejo, quedando un buen rato ahí. Lo primero que vio fue su pecho descubierto. Lampiño, libre de pelos y blanco, pálido, pero sacado hacía fuera como muestra de aplomo, en señal militar de obediencia. Sus hombros y espalda eran notorios, masculinos, mas eso no impedía que su abdomen fuera delgado y rigurosamente, poco varonil, parecía como si hubiesen mezclado partes de Action Man y de Barbie, creando un híbrido extraño y peculiar. Y seguía lampiño. Más abajo demostraba ser un hombre pese a no tener pelo, y aunque era joven, ya había pasado la pubertad, así que eso parecía más bien un anacronismo fisiológico, pues con las dotes de todo un hombre chocaba la falta total de vello púbico. Siguió bajando la mirada y sus piernas, delgadas pero fuertes tampoco tenían pelo. Miró luego sus pies, grandes pero definidos como un escudo con dedos, y sus mismos dedos eran minúsculos en comparación con el resto de sus pies. Reparó en no haberse mirado los brazos, así que escudriñó los ya mencionados, en los que ocurrñia como en las piernas: había músculo, había fuerza, pero apenas había forma, la armadura le hacía parecer poseer brazos más rudos y fuertes. Y sus manos... Sus manos eran demasiado finas para ser de hombre. Dedos largos y uñas pintadas de azul y en perfecto estado, pues la manicura fue algo que se hacía desde pequeño. Y en ese último detalle volvió a mirarse el rostro, confundido con aquello que realmente lo hacía ser así. En su tierra no sufrió maltrato alguno, pero había convivido con gente que no entendía su pensamiento y, por lo tanto, lo tachaban de degenerado ¿Hombre? ¿Mujer? Fuera lo que fuera no era un "él" o un "ella", su mente no vivía atada a una casualidad biológica, estaba por encima de eso, era la gente la que le hacía  creer que eso lo hacía inferior e indigno. Era el caballero gema, una persona con historia, con sentimientos, con capacidades ¿Qué importaban las voces si lo único relevante era reafirmarse como ser humano? Miró su armadura y negó con la cabeza, se puso ropa casual: unas botas con pantalón negro y una camiseta de manga corta, blanca, con nudos en el cuello al más puro estilo medieval. Pese a dejar la armadura, tomó su diadema y se la puso, atando luego su pelo con una coleta y dejó el "camerino". Al salir, se montó en un caballo que ahí se hallaba, poniendo rumbo a un destino incierto, mientras Taric repetía:

-¿Cristal o piedra? ¿Qué soy? ¿Una piedra de cristal?





@_OutrageousOne